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INTRODUCCIÓN A LAS CRUZADAS «El único deber que tenemos con la Historia es el de escribirla de nuevo» Oscar Wilde (1854-1900) No bien se profundiza un hecho histórico, se rasguña la superficie pulida artesanalmente por los historiadores «oficiales», comienzan a aparecer contradicciones, mitos y deformaciones. Las cruzadas no escapan a esta constante. Más bien lo patentizan. Esta gesta de casi dos siglos es, a la luz de los textos tradicionales, un movimiento de fe destinado a arrebatar el patrimonio de los Santos Lugares a los feroces musulmanes. Los turcos selÿukíes, los fatimíes, los ayubíes, los mamelucos, como en el teatro griego antiguo, tienen asignadas de antemano las caretas de villanos, y los caballeros cruzados, las delicadas máscaras de la bondad. Esta representación, sin embargo, es tan falsa que ni siquiera admite el desarrollo clásico donde los buenos le ganan a los malos. Cuando Urbano II arengó en el Concilio de Clermont a los caballeros y siervos allí reunidos, los uniformó con cruces en las espaldas y les transmitió con pasión de activista la consigna «¡Dios lo quiere...!», probablemente no pensó que la empresa habría de írsele de las manos, no bien las huestes cruzaran sus propias fronteras. Sólo los inocentes —la plebe y los niños son los depositarios del candor— partieron tocados por la fe y, sin más armas que la ilusión que Dios estaba de su lado, fueron a encontrar la muerte en tierras ajenas. La mayoría ni siquiera pisó tierra musulmana. Era el fatalismo del que nada tiene, dadas las prerrogativas abyectas que les deparaba la sociedad feudal. Los otros, soberanos y caballeros, escondían bajo el sayo cruzado aspiraciones menos cristianas, aunque sería una inconsecuencia arrumarlos a todos en un mismo costal. Muchos de ellos vieron en estos movimientos masivos un escape para sus anhelos de aventura o procedieron movidos por voracidad conquistadora o colonialista. Con excepción de Luis IX de Francia —canonizado después por la Iglesia—, no hubo caballero o soberano cruzado que pudiera parangonarse en nobleza y hombría de bien con el musulmán Saladino. En la suma de atrocidades cometidas durante los numerosos capítulos de la gesta, la crueldad de quienes ostentaban la enseña de la cristiandad superó en mucho a la de los musulmanes. La tesis islámica de que los europeos eran «salvajes» e «invasores» tiene una débil réplica occidental. Los historiadores no han podido llegar a un acuerdo en cuanto a la significación de estas campañas. Los más optimistas las ubican como antesala del Renacimiento. Los menos, les atribuyen consecuencias apenas costumbristas. El espectro de la ponderaciones puede ser muy amplio, pero las cruzadas son el punto de partida de todas las persecuciones a aquellos que no profesan una misma fe, pasando por ese monumento a la intolerancia que fue la Inquisición, siguiendo con las depredaciones y genocidios a cargo de los españoles, portugueses, ingleses, franceses y holandeses en las Américas, Asia y Africa entre 1500-1900, y culminando con los holocaustos de Stalin y Hitler, Hiroshima y Vietnam, —sin olvidarnos de las masacres perpetradas contra los pueblos armenio (1915-1923) y argelino (1948-1960)—, que han desquiciado a nuestro siglo XX. Sin embargo, las cruzadas son también un acontecimiento histórico apasionante, que permite estudiar y analizar la interacción de gentes de cultura y religión distintas con la perspectiva actual, a nueve siglos de los acontecimientos, con todo lo que eso significa. Sinopsis Las Cruzadas fueron expediciones militares emprendidas en los siglos XI-XIII contra los musulmanes por parte de la Europa cristiana y con el impulso del papado. En realidad se trató de la primera expansión europea de conquista después de la desaparición del imperio romano. Las Cruzadas establecieron los orígenes del colonialismo e imperialismo de Occidente sobre Oriente. Según los distintos historiadores, las fechas propuestas que marcan su finalización van desde 1291 (toma de Acre por los musulmanes mamelucos) hasta incluso 1798, cuando Bonaparte conquistó Malta a los Caballeros Hospitalarios de San Juan de Jerusalén,(1) una orden militar establecida durante las Cruzadas. Algunos afirman también que el 11 de diciembre de 1917 es la fecha apropiada. Ese día, el general inglés Sir Edmund Allenby (1861-1936), comandante en jefe aliado contra Turquía y Alemania en el frente de Palestina durante la primera guerra mundial, entró con el Ejército británico en Jerusalén y proclamó: «¡Hoy terminaron las cruzadas!»: una frase solemne pero bastante fuera de lugar, ya que el gobierno turco de entonces era laico y partidario de la desislamización, y por el contrario, los que habían posibilitado la victoria de Allenby eran los irregulares musulmanes de Arabia, Palestina y Siria conducidos por el entonces mayor Thomas Edward Lawrence (1888-1935) —más conocido como Lawrence de Arabia—, a quienes se les había dado la vana promesa de independencia y soberanía que se esfumó con la Conferencia de Paz de París de 1919 (en realidad una simple ratificación del pacto secreto Sykes-Picot de 1916 por el cual Inglaterra y Francia decidieron repartirse la región al finalizar la contienda mundial). El general Henri-Joseph-Eugène Gouraud (1867-1946), comandante en jefe francés y Alto Comisionado en Siria (1919-1923), hizo otro tanto al entrar a Damasco en julio de 1920. Cuando sus tropas ocuparon la milenaria ciudad se dirigió al mausoleo de Saladino, vecino a la mezquita de los Omeyas, y pronunció la famosa frase frente a su tumba: «Ya volvimos... Saladino». 1-La Orden de los Caballeros de San Juan de Jerusalén, fue una orden militar cuyo nombre completo es Soberana Orden Militar del Hospital de San Juan de Jerusalén, de Rodas y de Malta. Su función inicial fue proteger un hospital construido en Jerusalén antes de las Cruzadas; durante un corto período, sus miembros fueron llamados Hospitalarios o Caballeros Hospitalarios. La Orden fue fundada después de la formación del reino latino de Jerusalén aprobado por el papa Pascual II en 1113 y confirmado por el papa Eugenio en 1153. Desde 1309, la Orden tuvo su sede central en la isla de Rodas, donde formaba un auténtico Estado territorial; su marina se encargaba de mantener libre de musulmanes el este del mar Mediterráneo, atacando y asesinando a los peregrinos que se dirigían a La Meca desde al-Andalus, el Magreb o Siria. La Orden recibió las propiedades de los Caballeros Templarios en el 1312. Los Caballeros de Rodas crearon agrupaciones nacionales de la Orden en distintos lugares, en cada uno de los cuales eran llamados lenguas (del francés langues). Tras ser expulsados de la isla de Rodas en 1522 por el sultán otomano Solimán I el Magnífico, los Caballeros no encontraron un lugar donde radicarse hasta 1530, año en que les fue cedida la isla de Malta por Carlos V. Una vez convertidos en gobernantes de esa isla, los Caballeros de Malta, como comenzaron a ser llamados, dirigieron la defensa de la isla ante el ataque otomano de 1565. Durante la Reforma, los Caballeros de Malta perdieron sus propiedades en Inglaterra y en Alemania, y durante la Revolución Francesa, también sus bienes en Francia. Los franceses revolucionarios, bajo el comando de Napoleón Bonaparte, se apoderaron de Malta en 1798 y acabaron con 700 años de predominio de la orden. Contexto histórico El nombre de cruzado y de cruzada nace a raíz de que los hombres que acudieron a la llamada del pontífice Urbano II en el concilio de Clermont Ferrand (1095) adoptaron el símbolo de la cruz en su expedición. El concepto de cruzada se aplicó también, especialmente en los siglos XIII-XIV, a las guerras contra los «herejes» cristianos del sur de Francia (cátaros), los paganos del Báltico (prusianos, lituanos, estonios, fineses) y contra los enemigos políticos del Papado como Federico II. Por extensión, el término se emplea en Occidente para describir cualquier guerra religiosa o política y, en ocasiones, cualquier movimiento político o moral. Para los europeos, las Cruzadas constituyeron al mismo tiempo una epopeya religiosa, el comienzo de una toma de conciencia «europea» y la primera expansión económica y colonial de ultramar. Para los musulmanes, en cambio, las Cruzadas fueron una serie de expediciones militares favorecidas por la anarquía política y religiosa del Oriente musulmán, que vinieron añadirse a las invasiones de los mongoles y a las campañas bizantinas. A los musulmanes les hicieron falta casi dos siglos (1099-1291) para poner fin a la presencia de los cruzados. El síndrome del año mil Era creencia generalizada entre los cristianos de la Alta Edad Media, que el mundo llegaría a su fin al cumplirse el Año Mil desde la Encarnación. La llegada del año 1000 era el fin de todo para los portavoces del Apocalipsis, heraldos de las altas autoridades eclesiásticas que utilizaban el antiguo recurso del miedo para tener sometido al pueblo y al bajo clero a la servidumbre a través de la superstición disfrazada de dogma religioso. Así, se proclamaba que Europa moriría entre el siglo X y el XI. El mundo se acabaría. La frontera del bien y el mal sólo la cruzarían los santos, los demás se hundirían en las tinieblas del pecado y la culpa. El célebre historiador y medievalista francés Georges Duby, en su obra Año 1000. Año 2000. La huella de nuestros miedos, codificó los miedos esenciales que acosaban a Europa en el año 1000, cuando el ignoto horizonte del nuevo milenio enfatizaba sus temores. Su análisis permite arribar a una conclusión que contradice la idea de progreso de Occidente: básicamente, los miedos de antaño son los mismos que hoy, en los albores del año 2000: el miedo a la miseria, el miedo al otro, el miedo a las epidemias, el miedo a la violencia y el miedo al más allá, son tan tangibles ahora como hace mil años. Otro no menos famoso medievalista francés, Henri Focillon (1890-1950), amplía este concepto: «...en el año 1000 llega el hombre de Occidente al colmo de las desventuras que le habían perseguido durante todo el siglo X; la proximidad de la fecha fatídica despierta la creencia en el fin del mundo, los prodigios lo estimulan; un pavor indescriptible se apodera de la humanidad; han llegado los tiempos predichos por el apóstol... pero pasa el año, el mundo no ha perecido, la humanidad respira, se tranquiliza, entra agradecida en nuevas vías. Todo cambia, todo mejora. En primer lugar la arquitectura religiosa. El monje Raúl Glaber escribe en su texto famoso: "Pasados unos tres años del año 1000, la tierra se cubría de una blanca túnica de iglesias." (...) Recapitulemos una vez más todos los elementos de la cuestión. El año 954, envía Adso a la reina Gerberga un tratado destinado a combatir la creencia en la próxima aparición del Anticristo, preludio del fin del mundo. En 960, el eremita Bernardo anuncia el fin del mundo: lo sabe por revelación. En 970 se extiende por Lorena el rumor de que se acerca el fin del mundo. En 1009 se manifiestaen Jerusalén esta misma creencia. En 1033 se cree en galia que la humanidad va a perecer.» (H. Focillon: El año mil, Alianza, Madrid, 1987, págs. 56-57 y 91). De igual modo, a través de esta exposición veremos que las causas y razones que se argumentaron para montar esa serie de invasiones armadas denominadas Cruzadas son muy parecidas, y en algunos casos idénticas, a las que se invocaron para justificar el ataque contra el Canal de Suez en 1956, el desembarco de los marines en el Líbano en 1983 o la gigantesca operación que se lanzó en la llamada «Guerra del Golfo» hace siete años, que el escritor español Juan Goytisolo bautizó con el nombre de «Petrocruzada». Ahora volvamos al lejano siglo XI. Uno de los principales flagelos que padecía la población de la Europa medieval cristiana era el hambre. Los cronistas de la época dan una idea del hambre que había al citar frecuentes casos de canibalismo. Por ejemplo, el monje borgoñón Radulfus Glaber «El Calvo» (985-1050) en su Historiarum Sui Temporis (escrita entre 1030-1035), afirma que el canibalismo era una práctica común en muchas regiones de Francia en 1032. Dice: «La gente devoraba carne humana. Los caminantes eran atacados por los más fuertes, que los descuartizaban y comían, después de haberlos asado... En muchos lugares sacaban los cadáveres de la tierra para calmar el hambre... Tanto se propagó el consumo de carne humana, que hasta se puso en venta en el mercado de Tournus(2) como si fuera carne de vaca...» (R. Glaber: Les cinq livres de ses histoires 900-1044, ed. M.Prou, París, 1886). 2 Ciudad del actual departamento de Saône-et-Loire, sede de una hermosa abadía benedictina del siglo VIII. El historiador francés Dareste de la Chavanne (1820-1882) calculó que durante el siglo XI hubo casi treinta años de malas cosechas y que Europa Occidental padeció una terrible hambruna entre 1087-1095, que como veremos más adelante coincidió con el Concilio de Clermont y la proclamación de las Cruzadas. El siervo, el campesino, aplastado por la miseria, oprimido por su dependencia personal del terrateniente y el señor feudal, era víctima de su propia ignorancia, fomentada por ciertos sectores de la Iglesia, que predicaban la sumisión, la resignación y el temor. Ignorante, obnubilado por fantásticas ideas que nada tenían que ver con el verdadero cristianismo monoteísta, el campesino interpretaba sus desgracias a través de la óptica de sus aleccionadores eclesiásticos. Las malas cosechas, el hambre, las pestes que se llevaban a sus hijos la sepultura, eran para el simple labriego una manifestación de la «ira divina», un castigo divino por sus pecados. Así tomaba cuerpo la ilusión de que para librarse de los sufrimientos de la vida diaria había que aplacar la ira de las fuerzas celestes demostrando su fidelidad con un acto extraordinario y heroico. Luego veremos cómo la Iglesia, al organizar las cruzadas, se valió de estos ánimos de los campesinos. En ese siglo undécimo, en cuyas postrimerías se lanzó la Primera Cruzada, se mezclaron, como pocas veces en la historia, sentimientos opuestos de arrebato místico y de rapiña terrenal. Caballeros y campesinos luchaban tanto para dar alimento al espíritu torturado como al estómago vacío. Uno de los tantos flagelos que asolaban las comarcas de aquella Europa tenebrosa eran los caballeros sin tierra que asaltaban los grandes latifundios y las grandes posesiones de la Iglesia y los monasterios. Esos caballeros, cuya supuesta piedad tanto ponderan los escribas de la historia oficial, no titubeaban, relata un documento de mediados del siglo XI, en «atacar a los clérigos desarmados, a los frailes o a las monjas...». El Papa León IX, pontífice entre 1048 y 1054, escribió lo siguiente sobre estos caballeros: «He visto a esa gente violenta, increíblemente feroz, que en impiedad supera a los paganos, que destruye por doquier los templos del Señor, que persigue a los cristianos... No tienen compasión ni de los niños, ni de los ancianos, ni de las mujeres». El bandolerismo y el pillaje abundaban hasta niveles increíbles, ejercitado principalmente por bandas de caballeros empobrecidos. Regía entonces la injusta institución del mayorazgo, que impedía la división de las tierras familiares, debiendo éstas, a la muerte del padre, pasar en su integridad al hijo mayor. Los otros —«segundones»— quedaban sin nada. De allí los apelativos de «Sin Blanca», «Sin Tierra», «Sin Ropa», «Desnudo» o «Infortunado» que a menudo acompañan al nombre rimbombante de los nobles de la época. En medio de este duro panorama se produjeron querellas político-religiosas, como la llamada «Guerra de las Investiduras», en que se enfrentaron inicialmente Enrique IV de Alemania, llamado «El Grande», y el Papa Gregorio VII (1020?-1085). Enrique IV rehusó aceptar la prohibición que el Pontífice impuso sobre la investidura de los feudales eclesiásticos por el emperador del Sacro Imperio Romano y los señores feudales, como hasta entonces había venido haciéndose. La Iglesia era, por aquel tiempo, dueña del tercio de las tierras agrícolas, y sus monjes eran eficaces administradores, de modo que obtenían mayor rendimiento que los señores. Sus arcas estaban siempre bien provistas. Interesaba a los señores y emperadores, por lo tanto, nombrar como autoridades eclesiásticas locales a quienes pudieran apoyarlos. Entregar estos nombramientos al Papa era entregarle también un poderoso elemento de control sobre sus regiones. Ante la reconvención de Gregorio VII por su negativa a aceptar la investidura papal, Enrique IV le hizo deponer por el clero alemán en la Dieta de Worms y nombró un Antipapa. Gregorio respondió con la excomunión, a la vez que liberaba a los súbditos del juramento de lealtad al emperador. Los señores feudales aprovecharon la oportunidad y se rebelaron, proclamándose Rodolfo de Suavia separado de la corona del emperador. La situación obligó a Enrique IV a buscar arreglo. En enero de 1077, viajó en pleno invierno a Canosa (Emilia-Romagna), donde estaba Gregorio, y durante tres días, en medio de la nieve, con traje de penitente y descalzo esperó en el patio del castillo a que el Pontífice se dignara a recibirlo. Iba a pedirle perdón. Finalmente, el emperador consiguió la absolución. Desde entonces, la expresión «ir a Canosa» indica la rendición humillada de alguien. Estas realidades acuciantes comenzaron a preocupar grandemente a la Iglesia y a los señores feudales y se trató de buscar una solución. La cuestión estaba cómo y por cuenta de quién hacerlo. ¿Hacia dónde orientar las miradas de los campesinos ansiosos de tierra y libertad, de modo que también se favoreciera la Iglesia y los demás feudales? ¿Hacia dónde encaminar a los caballeros ávidos de propiedades y riquezas, y a los nobles que anhelaban sus dominios? Las Cruzadas, por tanto, se explican como el medio de encontrar un amplio espacio donde acomodar y distraer parte de esa población en crecimiento y hambrienta; y como el medio de dar salida a las ambiciones de nobles y caballeros, ávidos de tierras. Las expediciones ofrecían, como se ha señalado, ricas oportunidades comerciales a los mercaderes de las pujantes ciudades de occidente, particularmente a las ciudades italianas de Amalfi, Génova, Pisa y Venecia. Las consecuencias de una conspiración En 1073 fue elegido un nuevo papa hecho a la sombra de los claustros del monasterio benedictino de Cluny (al este de Francia central), el ya nombrado Gregorio VII. Rápidamente éste quiso instaurar las políticas formuladas por la orden cluniaciense. Estas consistían en establecer una teocracia, una especie de programa de dominio de los papas, según el cual los príncipes y los reyes eran meros vasallos del trono romano; el Papa dispondría de las coronas, designaría y sustituiría a los duques, reyes y emperadores igual que hacía con los obispos. De este modo, los papas surgidos del movimiento de Cluny actuaban como «césares investidos de sumo sacerdote», según la acertada expresión del historiador alemán W. Norden. Una parte esencial de ese programa «ecuménico» de Roma lo constituía el empeño de liquidar la independencia de la Iglesia oriental, greco-ortodoxa, y por consecuencia, adueñarse de las fabulosas riquezas del Imperio Bizantino guardadas en su capital, Constantinopla (cfr. Steven Runciman: La Civilización Bizantina, Ediciones Pegaso, Madrid, 1942; Fotios Malleros K.: El Imperio Bizantino 395-1204, Centro de Estudios Bizantinos y Neohelénicos, Facultad de Filosofía, Humanidades y Educación, Universidad de Chile, Santiago, 1987, págs. 101-102; Ofelia Manzi: Constantinopla ante propia y ajenos. Aproximación a un análisis documental, Facultad de Filosofía y Letras, UBA, Buenos Aires, 1994). El cisma de las Iglesias, es decir, la formación de la Iglesia católica romana y de la Iglesia ortodoxa griega, debido a los diferentes destinos políticos y sociales de los países que integraban los Imperios romanos, Oriental y Occidental, tuvo lugar en 1054. Las divergencias dogmáticas y rituales entre la Iglesia latina y la griega eran insignificantes si se las compara con las disputas de poder político. Precisamente en relación con esos propósitos se perfilaron las primeras previsiones del plan para organizar una campaña de conquista del Oriental. Pero para montar semejante operación no había que alertar a Bizancio. Por eso parece ser que algunos dirigentes papales sugirieron la idea de que la empresa debía promocionarse como una expedición en defensa de los cristianos de Oriente acosados por los musulmanes selÿukíes. En efecto, los selÿukíes habían conquistado gran parte del Asia Menor. En 1071 tomaron Jerusalén, bajo dominio del califato egipcio de los Fatimíes, y en los años siguientes quedó en su poder el resto de Palestina y Siria. Mucho tiempo después de las cruzadas, los cronistas occidentales inventaron distintas leyendas sobre la persecución que sufrían los cristianos en los países orientales por parte de los selÿukíes. Afirmaban que «los paganos profanaban los santuarios cristianos y mostraban su hostilidad hacia los peregrinos que iban a Jerusalén». Así apareció la invención de que el Santo Sepulcro de Jerusalén, donde se suponía que se encontraban los restos de Jesús, el hijo de María (en realidad se trataba de un sepulcro vacío), estaba en peligro de ser ultrajado y debía ser rescatado de las manos sacrílegas. Por lo tanto, los musulmanes selÿukíes «amenazaban a la Cristiandad y ello obligó a intervenir a los católicos guiados por el papado». Todavía hoy algunos señalan éstas como las causas inmediatas de las cruzadas. Las investigaciones han disipado poco a poco la fantástica mentira que durante siglos envolvió la prehistoria de las cruzadas. El islamólogo francés de origen judío Claude Cahen ha demostrado que los selÿukíes y sus antecesores musulmanes, como los fatimíes, carecían por completo de intolerancia o fanatismo religioso y que la situación de la población cristiana de Siria, Palestina y Asia Menor, conquistas por los selÿukíes era estable y armónica. Por el contrario, con la administración selÿukí cesaron las persecuciones religiosas y fiscales ejercidas por la Iglesia Bizantina contra la mayoría de la población cristiana monofisita, nestoriana y copta. (Claude Cahen: Notes sur l’histoire des croisades et de l’Orient latin. Bulletin de la faculté des lettres de l’Université de Strasbourg, 1950, num. 2, pág. 121). El ejército islámico del califa Omar Ibn al-Jattab (586-644) había entrado en Jerusalén en 637. Durante 461 años los musulmanes habían protegido los derechos de todos los cristianos y los judíos escrupulosamente. Incluso hasta hoy en día, la llave de la Iglesia del Santo Sepulcro permanece confiada a un musulmán. «Su nombre es Museba y su familia ha sido responsable de abrir y cerrar sus puertas todos los días, desde que los musulmanes entraran en Jerusalén» (cfr. Terry Jones y Alan Ereira: Crusades, Penguin Books/BBC Books, Londres, 1996, pág. 54). Jerusalén es considerada por el Islam la tercera ciudad santa, después de La Meca y Medina. Es cierto que al-Hákim (985-1021), el califa loco fatimí,(3) había destruído la iglesia del Santo Sepulcro en 1010, pero los mismos musulmanes, cuando lograron desembarazarse de semejante desviado, contribuyeron con sumas importantes a su restauración. En 1047, el viajero musulmán persa Nasir Josrou(4)la describía como «un edificio muy espacioso, capaz de contener ocho mil personas y construído con la mayor habilidad. En su interior, la iglesia está en todas partes adornada con brocado bizantino... Y han representado a Jesús (la Paz sea con él) montado en un asno» (Guy Le Strange: Palestine under the Moslems. A Description of Syria and the Holy Land from AD 650-1500, Alexander P. Watt, para la Palestine Exploration Fund, Londres, 1890, pág. 202). Sin embargo, cuando los francos tomaron Jerusalén en 1099, la situación cambió drásticamente. Los ortodoxos griegos, los coptos, los jacobitas, los armenios y los monofisitas fueron expulsados. Mientras que los musulmanes y los judíos fueron simplemente exterminados. 3 Aparentemente, el poder y la ambición provocaron en Abu Alí Mansur, al-Hákim Bi-Amr Allah de sobrenombre, un fuerte estado psicótico que lo llevó al asesinato de varios visires, la persecución de los cristianos y judíos, la quema de muchas iglesias y sinagogas y la demolición de una parte de la iglesia del Santo Sepulcro. Como para repetir las «proezas» de Calígula y Nerón, al-Hákim se proclamó dios y envió emisarios a establecer su culto entre el pueblo (muchos de estos predicadores fueron lapidados por los musulmanes). El historiador egipcio Ibn al-Taghribirdí (1530-1604), en su obra Kitab al-Nuÿúm al-zahira fi muluk Misr ua-l-qahira ("Estrellas refulgentes de los reyes de Egipto y el Cairo") dice que al-Hákim «hizo venir a los caides y jefes de tropa y les mandó que marcharan sobre Fustat (El Cairo) a prenderle fuego, entrar a saco en ella y matar a la gente que allí se había alzado con buena fortuna contra él». Al-Hákim gobernó durante veinticinco años y un mes y fue asesinado en la noche vigésima séptima del mes de Shawwal del año 411 H., a la edad de treinta y seis años y siete meses (cfr. Salem Himmieh: El loco del poder. Con presentación de Juan Goytisolo y traducción y epílogo de Federico Arbós, Libertarias/al-Quibla, Madrid, 1996). 4Nasir Josrou al-Marvazí al-Qubadiyaní (1004-1088) fue un poeta y teólogo persa que viajó hacia 1045 a La Meca, Palestina y Egipto. A su retorno al hogar, se vio obligado a exilarse en Badajshán (hoy Afganistán oriental), por ser adherente de la escuela shií de pensamiento. Es autor de un género llamado Safarnameh (poesía de viajes), un «Libro de la felicidad» (Sa'adat-nameh) y de composiciones filosóficas y teológicas como Raushana’i-nameh y Ÿami’ al-hikmatain (cfr. Henry Corbin: Etude préliminaire pour le Livre rèunissant les deux sagesses de Nasir-e Khosraw, Teherán, 1953). Su Safarnameh fue traducido al francés y editado por Charles Schefer, París, 1881. La Primera Cruzada Las Cruzadas comenzaron formalmente el jueves 27 de noviembre de 1095, en un descampado a extramuros de la ciudad francesa de Clermont-Ferrand (Auvernia). Ese día, el papa Urbano II (1040-1099) predicó a una multitud de seglares y de clérigos que asistían a un concilio de la Iglesia en esa ciudad. En su sermón, el papa esbozó un plan para una Cruzada y llamó a sus oyentes para unirse a ella: «Oh raza de los francos, raza amada y escogida por Dios... De los confines de Jerusalén y de Constantinopla llegan graves noticias de que una raza maldita, completamente alejada de Dios, ha invadido violentamente las tierras de esos cristianos y las ha despojado valiéndose del saqueo y el fuego. ¿A quién corresponde, pues, la labor de vengar esos agravios y recuperar ese territorio más que a vosotros... No os detenga ninguna de vuestras posesiones ni la ansiedad por vuestros asuntos familiares. Pues este país que ahora habitáis, cerrado en todas partes por el mar y las cumbres montañosas, es demasiado pequeño para vuestra gran población; apenas da alimento bastante para los que lo cultivan. Por eso os asesináis y devoráis unos a otros, por eso hacéis la guerra y muchos de vosotros perecéis en la lucha civil. Aléjese el odio de vosotros; terminen vuestras peleas. Emprended el camino que va al Santo Sepulcro; arrebatad esa tierra a una raza perversa y estableced allí vuestro dominio. Jerusalem es la tierra más fructífera, un paraíso de deleites. Esa ciudad real, situada en el centro de la tierra, os implora que acudáis en su ayuda...» (ver F. Ogg: Source of Medieval History, Nueva York, 1907, págs. 282-288). Por toda la muchedumbre corrió una excitada exclamación: Dieu li volt, «Dios lo quiere». Urbano la aprobó y les mandó que la tomaran por grito de batalla. Seguidamente ordenó a los que emprendieran la campaña que llevaran una cruz en la frente o el pecho. Las Cruzadas habían comenzado. Hoy día, en 1998, a menos de tres años para que comience el tercer milenio, por los alcances y derivaciones de ciertos conflictos que aún mantienen en vilo a las regiones del Cercano y Medio Oriente, estas expediciones parecerían que mantienen la vigencia de sus mejores épocas.


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