RUTILIO Y SAN JER NIMO DE FRENTE AL MONASTICISMO
1 “Aquel día terminó la penuria de los godos y la seguridad de los romanos”. Con estas palabras cargadas de dramatismo se refiere Jordanes (Getica, XXVI), historiador godo del siglo VI, a la Batalla de Adrianópolis, donde el emperador Valente encontró la muerte a manos de los bárbaros que sólo dos años antes habían ingresado al Imperio con su venia. Ammiano Marcelino se había dado cuenta del peligro que se escondía tras aquella acción: “Se despacharon -decía- numerosos agentes encargados de procurar medios de transporte a ese pueblo feroz. Se tuvo buen cuidado en que ninguno de los futuros destructores del Imperio Romano fuese atacado por enfermedad mortal, ni se quedase en la otra orilla. ... ¡y todo ese cuidado, toda esa confusión, para terminar en la ruina del mundo romano! ... Efectivamente, al desastre de aquel fatídico año 378, seguirá el avance incontenible de los godos a través de tierras imperiales, para culminar en el trágico saqueo de Roma en el año 410 y las devastaciones del sur de las Galias en los años siguientes. Muchos romanos, tanto paganos como cristianos, reaccionaron airadamente frente a estos hechos: los primeros, por aceptar dentro del Imperio a bárbaros sin romanizar; los segundos, por su condición de heréticos arrianos. Unos y otros se enfrascaron en lo que se ha denominado la “polémica entre cristianos y paganos” puesto que, si bien los unía un sentimiento común de estupor -dado su también común amor a Roma-, la interpretación de los hechos difería sustancialmente: era la pugna entre el fatum de los Libros Sibilinos y la Providentia cristiana, bíblica; mítica y de algún modo pesimista la una, histórica y optimista la otra. Es la época de la famosa controversia acerca del altar de la Victoria, donde le cupo a Símmaco un papel tan lucido, de las brillantes palabras en defensa de la fe de un San Ambrosio o un San Agustín, de los inspirados versos de un Claudiano, de la serie de edictos contra el paganismo, en fin, una época que culminará con el triunfo definitivo del cristianismo. Es también el momento en que el monasticismo, en clara oposición al paradigma cívico clásico, terminará por imponerse como modelo de vida. Podía ser el fin de un mundo, pero no necesariamente el fin de la Historia. En este punto central diferían cristianos y paganos. 2 Hace poco más de treinta años, Pierre Courcelle, en la tercera edición de su Historia Literaria de las Grandes Invasiones Germánicas, todavía una obra de consulta obligada para quien se interese en el tema, señalaba que a raíz del desastre del año 378 se desencadenó una ola de patriotismo entre los cristianos y, podemos agregar, también entre los paganos. Algunos años más tarde, François Paschoud desarrollará dicho tema en su obra Roma Aeterna, Estudio sobre el Patriotismo Romano en el Occidente Latino en la Época de las Grandes Invasiones, obra dedicada, en palabras del autor, a “definir la actitud teórica y práctica de un cierto número de escritores hacia el Imperio Romano amenazado por el enemigo exterior y la disolución interna”. Si bien la cuestión del patriotismo romano en sí no es el problema que nos interesa particularmente en esta oportunidad, constituye el trasfondo sobre el cual se teje la trama histórica de aquel tiempo, es decir, nos proporciona el contexto adecuado para ponderar los hechos de mejor forma, toda vez que los personajes que ocuparán el centro de nuestra atención tienen un lugar destacado en las dos obras precitadas. Me refiero a Rutilio Namatiano y a San Jerónimo. 3 Claudio Rutilio Namatiano, quien llegará a ser Prefecto de Roma en el año 414 (sólo en el 416 los paganos serán excluidos de la administración), nació en la Galia -probablemente en Narbona, tal vez en Toulouse- en el seno de una ilustre familia que tenía importantes conexiones con políticos, militares, jurisperitos y oradores de la Capital. Pertenecía Rutilio al orden senatorial (formado por todos los funcionarios distinguidos con el clarissimat), grupo social en el cual, a fines del siglo IV y comienzos del V, predominaba el “tono pagano”, y que se sentía el guardián de la tradición y de la religión romanas, actitud expresada, señala Paschoud, en un discurso patriótico que, después del año 410, perdería contacto con la realidad (lo que se debe, según Paschoud, a que su interés estaba dirigido, más bien, a conservar el fundamento de su posición privilegiada; es un paganismo tradicional de esencia cultural, literaria, que sirve más para asegurar una posición social que una fe religiosa). En efecto, el Laus Romae de Rutilio, “último destello de la romanidad a secas”, como dice Carlos Disandro, ofrece un dramático contraste con la realidad; es, en palabras del recordado profesor argentino, “un signo laudante imperecedero” en medio de las ruinas, el canto a la Roma Aeterna en el preciso momento en que esta parece estar muriendo. El último poeta de la Roma Imperial, cuyo eco inmarcesible nos alcanza aun después de 1580 años, participa de un sentimiento que era común a la “ideología pagano-senatorial” de la época y que, en palabras de Arnold Toynbee, se puede denominar “el espejismo de la inmortalidad”, cuya paradoja radica en que se trata de una creencia en la eternidad que irrumpe con renovado vigor en el momento preciso de la agonía del Imperio Universal.